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PAPEL LITERARIO

Los rasgos de la escritura de José Antonio Ramos Sucre

Poética de la muerte y la historia

México y Venezuela se unieron recientemente en un merecido homenaje al escritor cumanés. Obra poética (Fondo de Cultura Económica-Equinoccio, 1999) incluye una selección de sus tres libros publicados, una serie de sentencias breves y algunas cartas. La compilación estuvo a cargo de Katyna Henríquez, quien se ha dedicado desde hace varios años a proyectar internacionalmente la obra de Ramos Sucre. A continuación, en exclusiva, un fragmento de "El mal: La historia", parte del prólogo de esta recopilación

Guillermo Sucre (*)

Prefigurar, soñar o desear su propia muerte: ésta es una de las experiencias más decisivas en la poesía de Ramos Sucre. La muerte como reconciliación: cada uno de sus libros concluye evocando su imagen. En el texto inicial de su obra, además, Ramos Sucre había escrito: "Yo quisiera estar entre vacías tinieblas porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos"; "el movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo". Se creería, pues, que estamos ante una poesía confinada a una suerte de ensimismamiento crepuscular. Ello es verdad, pero sólo una parte de la verdad. Las "vacías tinieblas" y el "fantástico asilo", de que habla Ramos Sucre, bien pueden ser igualmente la manera de establecer una perspectiva: ver, desde un rincón, el mundo; hacer posible, desde un espacio cerrado, un espacio abierto. La dialéctica entre estos dos términos es constante: si Ramos Sucre se cierra al mundo es para asirlo más profundamente a través de formas simbólicas.

Así, las formas "congeladas" de la poesía de Ramos Sucre, los modos obsesivos y recurrentes de su imaginación, el gusto de sus personajes por la reclusión o por lo que se oculta, aún las continuas visiones de ruinas y paisajes desolados, suscitan un efecto contrario al estatismo; adquieren una dinámica a veces vertiginosa: nos arrojan a la intemperie del sentido (del yo, del mundo, de la historia, de la verdad).

En uno de sus textos (Sobre la poesía elocuente), Ramos Sucre distingue entre el poeta inactual, egoísta y el poeta de alcance profético, combativo. Aún cierta crítica tendería, por supuesto, a situar a Ramos Sucre dentro del primer tipo; es posible, sin embargo, que él se reconociese dentro del segundo y creo que con perfecta validez.

Bastaría, para explicar esto, volver a la experiencia de la muerte. Omega la llama Ramos Sucre y es, por otra parte, el título del último poema de su obra. Hay dos movimientos en ese poema. Uno: "Cuando la muerte acuda finalmente a (su) ruego", el poeta invocará "un ser primaveral, con el fin de solicitar la asistencia de la armonía de origen supremo". El otro: sus reliquias "responderán al magnetismo de una voz inquieta, proferida en el litoral desnudo". La muerte, por tanto, es omega y alfa: termina un ciclo y empieza otro; sella una voz, pero ésta responderá al magnetismo de otra en un "litoral desnudo", ¿la escritura volverá a ser (re)escrita y sólo así podrá encontrar su (infinito) sentido? Poética de la muerte en Ramos Sucre, creo que ahora podrían aclararse los términos: se trata no de la obsesión (personal o no) sino de la lucidez de la muerte: lo que, justamente, hace posible el ciclo de la vida, haciendo del fin un principio. Hasta podría decirse simbólicamente, que Ramos Sucre escribe como si estuviera muerto. Los raptos visionarios de su escritura, su oscura irradiación, sus abstracciones que son más vivas que cualquier "realismo"; también esa serenidad que ninguna angustia logra perturbar o en la que toda angustia no hace sino aguzar la inteligencia con lo desconocido o lo sobrenatural para hacerlo destino: ¿no son los rasgos de un ser que estaba y, simultáneamente, no estaba en el tiempo?

El trato con las sombras, con lo subterráneo como si fuese un trato con la vida misma es otra de las constantes en la obra de Ramos Sucre. En "La juventud del rapsoda" aparece no sólo "la flor enferma de Eurídice" sino también (aunque sin nombrarla) la imagen de Perséfone, en esa joven que disfrutaba del "privilegio de volver de entre los muertos, con el fin de asistir a las honras litúrgicas del vino" y luego desaparecía en el momento de evadir las "preguntas insinuantes" del rapsoda. En otro poema, el personaje es acostado en un ataúd por unos marinos, "habilitándolo para el sueño subterráneo", es decir, para las visiones. "No vi dice sino imágenes de espanto y de crueldad. Un pájaro se ensañaba con su hijo". Luego añade: "He roto sin darme cuenta la cifra de un pensamiento inexpresable, dibujada en la frente de un monolito". ¿Cuál sería esa cifra? El personaje descubre, finalmente, una lápida que "mostraba, a la manera de una señal, una figura humana terminada en el pico de un ave rapaz". ¿No es iluminador? Esas imágenes de espanto y de crueldad, ¿quién las hace posibles, si no el hombre mismo? Por ello la poética de la muerte en Ramos Sucre se interna en la historia: ¿la ya codificada, la real, la mítica, la imaginada? Todo es historia, para él; a un tiempo, nada lo es. La historia es nuestra enajenación: la creemos real y resulta ficticia; la intuimos como ficción y se vuelve real. Toda figuración prefigura, y al revés. ¿No es esta continua inversión de términos lo que hace alucinatorio todo lo que vivimos, y por ello mismo la lucidez es un combate, no una simple consolación?

En un poema titulado "Penitencial", Ramos Sucre evoca la figura de "un caballero de túnica de grana", que, después de una revelación, decide retirarse en el seno de una "religión adusta"; sus adversarios no le dan tregua, esparcen contra él rumores falaces y así lo "devuelven a la polémica del mundo"; luego el caballero muere -se supone que debido a esa polémica-" en la mañana de un día previsto", mientras las mujeres y los niños, lamentan su muerte, "censura el éxito de la cuadrilla pusilánime y besan la tierra para desviar los furores de la venganza". La dialéctica de este poema tiende a regir casi toda la obra de Ramos Sucre; la soledad como purificación y censura, el enfrentamiento con lo que se censura y, finalmente, la muerte sacrificial. Es la presencia de lo sagrado y de la violencia, experiencias tan unidas en la historia del hombre. Pero lo que importa subrayar, por ahora, es que "la polémica del mundo", en la obra de Ramos Sucre, empieza por ser una polémica con la historia. En efecto, Ramos Sucre fue uno de los poetas que, en la Venezuela de su tiempo, tuvo una visión (im)personalmente crítica de la historia: mecanismo devorador que "no sirve sino para aumentar el odio entre los hombres", decía en "Granizada". Agregaba: "Hay que desechar la historia, usar con ella el gesto de la criada que, al amanecer de cualquier día, despide con la escoba el cadáver de un murciélago, sabandija negra, sucia y mal agorera".

Repudio y aun desdén: Ramos Sucre, sin embargo, no se evade de la historia; por el contrario, supo interrogarla con prolijidad. En sus poemas reviven las edades más remotas (incluso primitivas) o modernas; gestas fundadoras o bárbaras; héroes, ascetas, rapsodas, fugitivos de la venganza, seres sanguinarios; tradiciones culturales clásicas o heréticas; refinamiento, crueldad, rustiquez. Desde esta perspectiva, su obra podría funcionar -¿en tono mayor o menor, qué importa?- como una gran metáfora antropológica: Una poesía de las civilizaciones. En esa metáfora no faltó el componente americano. Lo que es más significativo de lo que podría pensarse. Mientras otros poetas (y no sólo de Venezuela) hablaban en nombre de un vago telurismo y aun pretendían borrar la historia americana disfrazándose de indígenas ideales, meramente literarios, ya Ramos Sucre se dedicaba a escribir, en 1923, un admirable texto sobre Humboldt y sus Viajes a las regiones equinocciales del nuevo continente.

Pieza marginada en la producción de Ramos Sucre (¿algo adventicio en ella, una suerte de híbrido entre reseña y ensayo?), ese texto se nos impone hoy por la riqueza de su escritura; diría más: por la novedad de su técnica. Ramos Sucre no reseña: narra, adopta el tono del cronista, sólo que se trata de una crónica que habla no a partir de lo visto sino de lo leído, pero haciendo de esa lectura una mirada más de la realidad. Emplea continuamente el presente narrativo, casi siempre eludiendo el sujeto de la oración (Humboldt) como si quisiera despersonalizarlo; crea un ritmo de secuencias vertiginoso; acumula y sintetiza a un tiempo, logrando una densidad viva o una vivacidad densa; sabe, igualmente, desplegar los poderes del lenguaje: arcaísmos juntamente con neologismos, vocablos con variadas acepciones que juegan con la etimología y la metáfora, minuciosa recreación lingüística de una época, así como un vasto registro de nombres que hacen de la precisión algo más que una nomenclatura: la originalidad, el origen de la palabra. No se trataba, pues, de sacarle partido al texto de Humboldt; había que practicar un verdadero doblaje verbal de su visión. ¿No era el asombro, el goce del rigor y la inocencia, la curiosidad por parte del científico del siglo XVIII, lo dominante en esa visión? Ramos Sucre busca entonces equipararla a través del juego insólito de un lenguaje metafórico: "La sonsaca de un elogio manuscrito", "la disoluta abundancia de las aguas", "la vegetación desapoderada y sin término de la fábula y del cuento", "los mapas desleales de regiones desérticas", "el averío bullicioso de los reos". ¿No era América, para Humboldt, una suerte de nuevo paraíso, la prodigalidad de lo natural contra la monotonía de la historia? El juego verbal cambia: Ramos Sucre recurre esta vez a todo un sistema de metáforas vegetales: "El verdoyo de los siglos medios", "enmalezó los nuevos planteles de la raza", "un derecho procesal absolvedor de la instancia, tupido de excepciones y recursos". Para quien sepa leer bien: la exhuberancia de un universo no dicha, no simplemente designada o enumerada, sino dada en la inmediatez misma del lenguaje. Así era como Ramos Sucre sabía traducir: a partir de un mismo texto producir otro; a partir de un mismo sentido crear un nuevo lenguaje y, en consecuencia, metamorfosear ese sentido inicial, hacerlo una vez más presencia. ¿No es justamente lo que harán después algunos novelistas hispanoamericanos cuando incorporan, en sus obras, crónicas del pasado? ¿No estaba ya Ramos sucre introduciendo el bricolage en la escritura?

Es posible que nos estemos aventurando demasiado en el valor del texto de Ramos Sucre. Digamos, finalmente, esto: en Sobre las huellas de Humboldt, logró formular, porque ya lo había practicado de alguna manera, la clave de su sistema metafórico: las grandes correspondencias culturales. Por ello, desde el comienzo, al elogiar a Humboldt, dice: pertenece a la Alemania indulgente y enciclopédica de entonces. A cada paso adorna sus escritos con la referencia del literato y del artista. Un sitio del litoral venezolano le rememora el paisaje donde Leonardo coloca a la persona de La Gioconda, y tal escena del mercado de esclavos de Cumaná le recuerda el modo de evaluarse los cautivos en el Trato de Argel, el drama vigoroso, aunque descosido e inorgánico de Cervantes.

Lo cual implicaba, además, para Ramos Sucre, algo muy decisivo: El rechazo de "la especialidad reclusa y miope, tan zaherida de Eça de Queiroz", y el de la sociología, "esa interpretación determinista de la vida".

(*) Poeta, ensayista y crítico venezolano

 

EL NACIONAL - DOMINGO 9 DE MAYO DE 1999

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